Cuentos, juegos y relatos

PROYECTO PERKINS

Tras la Segunda Guerra Mundial, la sociedad estaba triste, necesitaba un tirón para salir adelante, algo que le motivase a seguir viviendo. Fue Frances Perkins, la que fuera Secretaria de Trabajo en el Gobierno de Roosevelt, quien tuvo la idea y se la planteó al Presidente Truman y éste, a su vez, a sus principales aliados como a De Gaulle y Attlee. Había que crear nuevos mitos, nuevos héroes -como en la Grecia Clásica –que fueran el ejemplo de superación para la triste sociedad de postguerra: nuevos Apolos, nuevas Artemisas, nuevos Dionisos... La religión estaba pasando de moda y el hombre siempre ha tenido la necesidad de creer, siempre ha necesitado de un ejemplo a seguir y Dios se estaba quedando pequeño. Frances Perkins y sus asesores empezaron a fabricar en sus laboratorios de Chicago a seres humanos casi perfectos (siempre dotados de ciertas miserias humanas para darles verosimilitud) que hicieran soñar, a la mayor parte de la sociedad, en que un mundo mejor era posible. Estos experimentos estaban, sobre todo, dirigidos a la juventud, que era el sector más optimista, más influenciable y el que tenía la responsabilidad de sacar al mundo adelante en las próximas décadas.

Entre las creaciones más ilustres de este proyecto cabe destacar a personalidades públicas, de todos conocidas, como Elvis Presley o Marilyn Monroe. De hecho, sus muertes (como la de muchos otros) no fueron reales, fue una invención de dicho laboratorio cuando vieron la necesidad de quitarlos de la vida pública, cuando vieron que su misión había concluido (luego vivieron décadas en el anonimato y en países ajenos al suyo). Sin embargo, en los dos casos anteriores, la organización no hizo un buen trabajo y los cadáveres que sustituyeron a Elvis y a Marilyn, se parecían poco a los originales. Esto despertó dudas y sospechas en la opinión pública, pero fueron aplacadas rápidamente, con métodos pocos ortodoxos, y ahí es cuando empezó a degenerar este plan que, a priori, parecía bienintencionado. El Proyecto Perkins (que así se llamaba la Entidad en honor a su creadora) había crecido y ganado mucha importancia en las últimas décadas, llegando incluso a crear políticos, pensadores, atletas… De ahí, que el peligro de que se descubriera todo, podría ocasionar una terrible consecuencia a nivel mundial, una crisis de alcance insospechado. Por esto, en la actualidad, existe un grupo de asesinos a sueldo dispuestos a exterminar a toda aquella entidad o persona física que ponga en peligro el Proyecto. Casi nunca se llega a extremos irremediables, sin embargo, una joven periodista cordobesa, llamada María, presiente que hay algo turbio y sus investigaciones recientes, así como sus artículos publicados en la prensa local cordobesa, están despertando la ira de los sectores más oscuros del Perkins. Las sospechas de María se dispararon cuando, la semana pasada, se filtró un texto del año 54 en el que Perkins planteaba a Truman un boceto del Proyecto.

María colabora con un amigo suyo, Luis, que le ayuda en la investigación. Es un músico encantador e inteligente, muy preparado y de una renombrada casa de aristrócratas de Sevilla. Sin embargo, el joven, aparte de superdotado, ha salido un tanto díscolo y le encanta meterse en líos. Lleva una semana desaparecido, la policía no tiene ninguna pista de él y María se siente observada, perseguida, vigilada y no sabe por quién. Debe encontrar a su amigo y aclarar la trama oculta del... ¡¡¡¡PROYECTO PERKINS!!!

Continuará…

(Juego del Proyecto Perkins: continuemos el relato)

VERI CHRISTIANI

Esteban era un ejecutivo agresivo que vestía un traje color acero de tres piezas dejando a un lado la corbata, tal como dictaba la moda de la Gran Manzana. Ganaba de tres a cuatro millones de euros al mes, pero estaba aburrido. Ya lo había probado todo: conocía mundo y conocía personas, conocía la verdad y la mentira, conocía la luz y la oscuridad. Un día, al salir de su trabajo en Wall Street, vio a un mendigo en la acera de enfrente con una pancarta que decía en español: “Vosotros, culpables”.

Era la señal. Después de un lustro esperando, obligado a hacer lo que más detestaba (ganar dinero), vio las iniciales V (de Vosotros) y C (de culpables) que, en realidad, venían a decir:

VERI CHRISTIANI (VERDADEROS CRISTIANOS)

***

En aquella mañana del S.XII, la bruma era densa y envolvía de humedad y de reuma a los soldados del Temple. Esteban, que lucía una barba hirsuta y sin arreglar, pensaba que el objetivo primigenio de Dios para la raza humana había fracasado. Él y otros nueve soldados más, con las iniciales VC tatuadas en sus brazos, tenían la misión, oculta y mediocre, de mantener el Statu Quo en la Tierra hasta que llegase el final de los días, el Apocalipsis. La misión de estos discípulos de Dios, que representaban el fracaso del mismísimo Creador, era matar, asesinar y destruir todo aquello que sobrase a lo largo de los siglos. Objetivo muy distinto al que proclamó Jesucristo, pero necesario para salvar al hombre.

Esteban, ataviado ahora con un manto blanco con la cruz roja cosida al lado izquierdo del pecho, sucio del polvo del camino y con la piel curtida del calor, estaba dispuesto a asesinar sarracenos.

- Mi señor, mi señor… ¡¡los infieles nos atacan!! –dijo el escudero de Esteban.

Ahora debía luchar como un guerrero fiero, como un ejemplo de virtud, coraje y nobleza. Sin embargo, como en ocasiones anteriores, lo más seguro es que terminase muerto. Ya le pasó en el 722, en la Batalla de Covadonga, cuando luchó a las órdenes de Don Pelayo en un enfrentamiento suicida, en el que 300 hombres desafiaron a varios miles. También murió, unos siglos más tarde, decapitado en la Batalla de Valtierra.

Era inmortal, así era, pero la inmortalidad no le eximía del dolor. Envidiaba a los que morían porque sólo sentían una vez aquel terror de verse, cara a cara, con la muerte. Pero, sobre todo, envidiaba a los que morían de viejos: tranquilos en sus hogares y rodeados de sus seres queridos. A Esteban le habían prohibido tener familia y estaba condenado a padecer la antesala de la muerte por toda la eternidad, una y otra vez, de las formas más crueles: soportar como un sable le cortaría las vías respiratorias, como la soga de una horca le asfixiaría o como su carne se asaría, como la de un cordero, en una hoguera de la Santa Inquisición.

***

Deseoso de que ésta fuera su última misión, de que le anunciaran de una vez por todas el Apocalipsis, se acercó al anciano de la pancarta y le habló en latín.

 Princeps Esteban servire et morietur. (que quería decir: Capitán Esteban dispuesto a servir y a morir.) –dijo el discípulo de Dios haciendo una leve reverencia, anhelando que el fin del mundo llegase de una vez y con él, su muerte.

El anciano mendigo que, al igual que Esteban tenía las siglas VC tatuadas en su brazo derecho, le respondió en la lengua muerta.

-          Dux ad ultimum belli para Armageddon. (que quería decir: Capitán, prepárese para su última Batalla, el Armagedón.)

SUEÑO DEL POETA PAE

Estoy de pie en mi antigua casa, en el salón. Es un salón que ahora clasificaría de insustancial o incoherente, de ejecutivo lampiño con pretensiones infantiles. Esa residencia albergó mi etapa de marido calzonazos y mi incipiente etapa de padre. El día está despejado con ese estúpido azul pastel de niño llorón que merecería una bofetada, un azul hambriento que va mendigando lluvia, un azul huérfano de sombras. Un albor insolente escupe su luminosidad beata en el comedor ocasionando circulitos y cuadraditos brillantes en los muebles, infectándolo todo de adormecida primavera ociosa. Tengo esa sensación agradable, gazmoña, ocasionada, quizá, por el ir más lento de la estación, por el cursi piar de los gorriones o por las visiones antes censuradas por el invierno.

Estoy con mi pareja y con una compañera de trabajo que no aguanto y, para más inri, coquetea conmigo buscando a saber qué, agarrándome los brazos en un acto de confianza que yo no le he acabado de permitir y acercándose a mi boca más de lo debido. Me habla con una sonrisa de hiena de temas financieros, de temas laborales, de temas políticos que no me importan en absoluto y que me aburren sobremanera. No me gusta nada esa mujer, no me excita nada… Le huele el aliento a estrés y su voz aflautada, que chirría más de lo debido, quizá pretenda seducirme, pero sólo consigue asquearme aún más por su halitosis de cloaca. Es delgaducha, de piernas estebadas y, presupongo que, si fuera calva, tendría un cráneo deforme con bultos en la coronilla. Pero lo peor, es que son de las que te la clavan por la espalda en el momento que menos te lo esperas. Me jugaría el cuello a que es capaz de saciarte de sexo y luego hundirte una estaca como si fueras un vampiro moñas de Crepúsculo.

Hay un pájaro en el salón, maldita sea, los odio. Prefiero a la delgaducha maltrecha con aliento a mierda que al pájaro. Ya puede ser un estornino de Bali, un loro escarlata o un Tucán de pico gris que, si se pone a volar a mi alrededor, soy capaz de esconderme debajo de la primera falda que vea aterido por el pánico… Prefiero mil veces que me calcen una bofetada, a tener que tocar o asistir a un animal alado. Para colmo, es negro y feo. Es Rossy de Palma metamorfoseada en un fétido carroñero plumífero. Odio que vuelen y más aún aborrezco su olor. Prefiero una buena boñiga de vaca, campestre y rural, asturiana y patria, al insulso y corrosivo excremento aviar. Al primer graznido gutural del bicho, opto por emigrar raudo a mi habitación, donde hay un tigre de bengala.

Tampoco soy muy de tigres, pero, cautivo y desarmado, me rindo al felino (mucho mejor, desde luego, que rendirse al córvido) y me acomodo en su mullido y suave vientre de pelaje rojizo. Mientras disfruto amodorrado la flemática primavera con mi nuevo amigo Shere Khan, veo a un ratón caminar por las paredes como si él pagase la hipoteca. Le bautizo Cojón Prieto y no le doy la menor importancia pues me siento protegido por el felino camastrón, no sin cierto remordimiento por haber abandonado a los demás a su pavoroso destino con el desalmado cuervo. Cuando estoy a punto de dormirme en mi propio sueño, abrigado por el primitivo calor de la selva, soy súbitamente teletransportado a una corrida de gigantes toros verdes donde yo soy el diestro. La imagen es la siguiente: un torero calvo y barbado, no muy en la línea con el matador al uso, hace el “paseíllo”, con un porte elegante y saleroso, saludando con su sombrero de ala ancha, más afín a Alatriste que a Francisco Ordoñez y, en vez de lidiar al toro, se sienta grave y silencioso en un taburete rústico de anea. La plaza ruge expectante con su silencio mientras el atractivo diestro, con un cierto aire soldadesco y rufián, saca un lienzo, unos pinceles y, a los toros, se pone a dibujar.

ALEJANDRO DESPERTÓ EN PARÍS

Alejandro despertó en París con los ojos hinchados de dormir. El pelo, que ya lo llevaba más largo de lo habitual y que empezaba a brillar por unas incipientes canas, lo tenía alborotado.

- Buenos días, guapo –dijo Alejandro mirando a Felipe que exhibía un cuerpo cincelado por horas de gimnasio, depilado y bronceado; únicamente adulterado por un tatuaje de una pluma con los colores del arcoíris. Su cabeza rapada le hacía lucir, aún más, sus ojos grandes, oscuros y ligeramente achinados.

- Aquí tiene el desayunito, ¡príncipe! –le dijo Felipe con un fuerte acento colombiano.

La familia de Felipe, mitad colombiana y mitad francesa, tenía una buhardilla en pleno Montmâtre. Era el refugio perfecto para las escapadas románticas de este par de amantes. La casa siempre estaba cuidada y perfecta porque la vecina, Madamme Cueto, amiga de la madre de Felipe y viuda, a cambio de una paga, que le ayudaba a complementar su pensión, se encargaba de mantener siempre la buhardilla en perfectas condiciones para las visitas ocasionales. La primavera había regalado a la pareja un marco de flores que ocupaban las macetas que se situaban tras la ventana de madera envejecida.  A través de éstas, al fondo, el Sacre Coeur jugaba con una cometa de pájaros mientras el murmullo de una chanson française, interpretada por un bohemio de boina ancha y bigotes fieros, amenizaba el despertar de estos dos amantes clandestinos.

- Hacía semanas que no dormía así – dijo Alejandro mientras mojaba su croissant en el café con leche.

Alejandro era un consultor financiero de una conocida empresa ubicada en la Torre Picasso de Madrid. Estaba casado con Jimena, una hermosa mujer de la que aún seguía enamorado tras veinte años de relación, y tenía un hijo de dieciocho años. Llevaba una vida frenética: se levantaba a las cinco y media de la mañana de lunes a viernes, hacía deporte a diario, cenas de trabajo, viajes... Sólo Felipe le regalaba esa paz que tanto anhelaba. Una vez al mes o cada dos meses, lo organizaban todo para pasar un fin de semana juntos en el refugio de París. Alejandro lo tenía todo: dinero, poder, una familia y un amante de su propio sexo. Pero Felipe, en cambio, se sentía siempre en segundo o, incluso, en tercer lugar. Amaba a Alejandro, pero sabía que para él era sólo una distracción. El ejecutivo no tenía problemas con su mujer, incluso le seguía atrayendo después de tantos años, con su hijo se llevaba bien y en su círculo de amistades era el líder. Felipe era y sería siempre algo oculto en su vida y éste lo sabía, pero no lo asumía. Al principio lo aceptó, pero los años fueron pasando y estaba harto de ser el último plato.

- Alejandro –dijo Felipe decidido a hablar con su amante y dejarle las cosas claras.

Al colombiano, las pulsaciones se le aceleraron y la saliva se le puso espesa. Incluso, como era una persona muy insegura, a pesar de su físico de escultura clásica, notó que le empezaron a temblar las manos y las ocultó agarrándolas tras la espalda.

- ¿No desayunas? –respondió Alejandro quitándole rigor al momento.

- Quiero hablar contigo –dijo Felipe.

Alejandro era egoísta y aunque ya percibió que era el inicio de una conversación seria, él siguió desayunando como si nada, restándole importancia sin saber del asunto y sin que le perturbase el apetito.

- Me siento ninguneado por ti, soy tu segundo o tu tercer plato... –dijo Felipe – ¿Qué crees?… ¿que no sé que te follas también a la becaria? Si se te cae la baba cuando te manda fotos eróticas al móvil. Mira, Alejandro, yo te amo, ya no es sólo una atracción física… Es algo más serio: hay sentimientos.

Cuando Felipe habló de sentimientos se le humedecieron los ojos, pero su amante siguió comiendo como un cerdo, sin modales, como si fuera un adolescente indecoroso.

- Yo también te quiero, Felipe –respondió Alejandro con la boca llena mientras jugaba con su móvil.

- ¿Ah sí? –dijo Felipe envalentonado. - Pues, ¡cásate conmigo!

En ese instante, Alejandro sí dejó de comer. "¿Se habrá vuelto loco este maricón?" pensó. Su propuesta era absurda: tendría que dejar a su mujer, darle explicaciones a su hijo, Carmen (la becaria) también desaparecería y hacía tiempo que no gozaba tanto con un culo como aquél... Su vida idílica se vendría abajo de golpe y sólo por estar con él. No, por supuesto que no le merecía la pena, no le compensaba en absoluto... ¿Qué se habrá creído este sudaca de tres al cuarto? Por un culito moreno y respingón, que reconocía que le volvía loco, no abandonaría el paraíso... ¡Jamás!

Felipe se dio cuenta de sus cavilaciones y empezó a llorar.

Alejandro se puso de mal humor, pero se excitó al mismo tiempo. Su relación siempre había tenido algo de sadomasoquista y a Alejandro el papel de sádico le encantaba. Tiró la bandeja al suelo derramando todo el café, se fue hacia su amante, lo empujó sobre la cama, le bajó los calzoncillos y empezó a violarle sin miramientos.

- Ahora no, mi amor, ahora noooo… –gimoteaba y gritaba Felipe entre lágrimas y mocos.

- ¡¡Calla perra!! –le gritaba Alejandro mientras le sodomizaba con brusquedad.

Del ajetreo, el cuchillo del desayuno cayó sobre el colchón y Alejandro, dejándose llevar por un impulso animal, cogió el cubierto y se lo clavó en el cuello a Felipe mientras eyaculaba. Una, dos, tres, cuatro y hasta cinco veces… A cada cuchillada, su orgasmo se prolongaba aún más.

Alejandro no sólo tuvo el mejor sexo de su vida, sino una sensación nueva, desconocida y placentera… ¡que debía repetir!

Ya no se oía al viejo trovador y el Sacre Coeur había dejado volar su cometa. En aquella buhardilla, en aquel rinconcito de amor, tintado ahora de sangre espesa y de semen, Alejandro se dio cuenta de que quería ser un asesino.

Sin embargo, tras la puerta de entrada, Madamme Cueto, una anciana que tenía un oído muy fino, lo había escuchado todo.

 

PLAZA VACANTE

La fiesta se prolonga hasta altas horas de la madrugada. Luego, decido irme. Lo abandono todo: familia, amigos, trabajo... Tan sólo me llevo una foto de mi hija. Cojo un autobús a Barcelona - siempre que puedo evito el avión –y allí, consigo alojamiento y trabajo dándole clase a un niño discapacitado. A los siete meses, cuando he reunido algo de dinero, cojo un avión con destino a Londres, aeropuerto de Heathrow. En el camino conozco a Francesca, una periodista (que no ejerce) de Milán. Está escribiendo un libro sobre la locura transitoria. Le comento que yo también escribo y le cuento mi historia personal, mi vida. Queda fascinada. Lloro hasta la desesperación cuando le hablo de Marta, mi hija. Francesca se enternece escuchando mi historia y coronamos el viaje follando en los baños del avión. Ella quiere seguir a mi lado para que le narre con detalle mi vida y me convida, aún sin conocerme de nada, a vivir una temporada con ella.

Vive en el barrio bohemio de Hampstead. Su casa es de ladrillo visto, con la puerta de madera roja y una enredadera invade la fachada hasta el tejado de pizarra. Enfrente, bajo dos almendros, hay unas típicas cabinas de teléfono londinenses, rojas y emblemáticas. Su hogar mezcla con acierto lo clásico y lo minimalista, provocando una energía muy positiva al entrar. Francesca es preciosa: delgada, miope, intelectual... Sus jerséis están casi siempre raídos, pero se ajustan a su cuerpo de tal forma que los hace exclusivos, al igual que sus vaqueros rotos y ajados que dibujan su trasero con perfección de sastre. La elegancia innata de sus gestos, su olor, la forma en que se aparta el cabello del rostro hacen que esta mujer nunca pase desapercibida.

Yo salgo por las mañanas a buscar trabajo mientras que ella escribe durante toda la jornada. Me he aventurado a preguntarle que de qué vive y que cómo puede costearse una casa tan lujosa sin trabajar. Sin rodeos, me dice que ha recibido una inmensa fortuna de una tía suya siciliana que -por si me quedaba alguna duda -estaba relacionada con la Mafia. Francesca estaba un poco harta de la vida que llevaba en Italia, era la típica niña bien sin aspiraciones y con todos los hombres tras sus pies, así que, un buen día, decidió escaparse con su fortuna y vivir de la escritura, de la intelectualidad y de la bohemia. Ya había publicado algo: algunos libros de poesía, otros de ensayo, nada sin una especial repercusión, y ahora estaba sumida en una novela sobre la locura transitoria. Por la noche, entre cópula y lectura, entre película y duermevela, le he contado mi vida con todo lujo de detalles: es el precio de mi alquiler. Ella no habla, apunta, con meticulosidad de escriba, todo cuanto le digo.

Han pasado tres meses y he conseguido trabajo en un restaurante español. Con eso y con algunas clases particulares que doy a algunos estudiantes, tengo más que suficiente para no sentirme mantenido. Ella puede pasarse días enteros sin salir, sin hablar, sólo escribiendo frente a su portátil. Se levanta tarde y hay noches que se las pasa en vela. En ocasiones nos ponemos los dos a escribir, pero a mí me vence el sueño. Aunque su cuerpo no recibe ejercicio alguno (salvo el sexual) se mantiene firme y con un tipo escultural; yo, en cambio, empiezo a echar tripa por culpa de las pintas de cerveza.

Carlos, mi jefe en el restaurante, y los demás compañeros hemos salido a celebrar la Navidad, pero Francesca no ha querido acompañarme. Nuestra relación es extraña. Casi nunca hablamos de ella. Hacemos el amor, vivimos juntos, pero nunca comentamos nada de nuestras obligaciones ni de los derechos que implica esta convivencia tan peculiar. Cada cual hace lo que su conciencia le dicta. Hay semanas que apenas se mueve de su escritorio y otras en las que desaparece toda la semana y no sé dónde se mete. Si le pregunto que dónde ha estado, me responde cosas como: “meditando” o me calla con un regalo extraño. La última vez, tras estar cuatro días fuera, me regaló un soporte para poder leer en la bañera. Es misteriosa, quizá demasiado.

Han pasado varios meses, incluso algún año y la relación sigue igual. Su libro va por la página 567, a punto de acabarse, y ya ha encontrado un editor interesado en publicarlo. Mientras, en el restaurante, Maggie me tira los tejos. Es la típica inglesa de grandes pechos y de tez lechosa. No me gusta especialmente, pero tiene ese halo de furcia que sólo con mirarte es capaz de provocarte una erección. Yo no he sido infiel a Francesca, aunque nunca hemos hablado de si podíamos o no serlo, y no voy a serlo ahora.

Ha pasado otro año, Navidad otra vez. He salido, como de costumbre, con los compañeros del restaurante y, por tercera vez consecutiva, Francesca no ha querido acompañarme. Esa actitud de desapego me ha empezado a fastidiar. Francesca tiene una aureola de superioridad que me molesta cada día más. Esta noche he bebido mucho y me he tirado a Maggie. Su mirada corresponde con lo supuesto. Inhibiciones ni una y lubricidad, toda. Pero no voy a entrar en detalles porque no es lugar ni momento para ello.

Llevo dos días tirándome a Maggie porque nunca he visto unas tetas tan grandes como esas y quiero regocijarme. Después del atracón de mama, he vuelto a casa y mi llave no ha podido abrir la puerta. Han cambiado la cerradura. John, un vecino y conocido del barrio, al verme desconcertado, me ha llamado: “Tienes aquí tus cosas” En efecto, mis maletas con todas mis pertenencias y una nota que dice: VETE A CHULEAR A OTRA.

Nunca supe cómo se enteró.

Su libro se ha publicado y se ha convertido en un best seller. Ha cambiado de casa y de país. Me fui a vivir con Maggie, pero a los dos meses de convivir con la tetona, no he aguantado más a sus seis gatos y a su perro, y me he ido. Me acordaba mucho de Francesca, ella me hacía sentir pleno a pesar del mucho misterio que la rodeaba.

 

He vuelto a España para asistir a la comunión de Marta, mi hija. Mantengo una estupenda relación con ella, más de amigos que de padre e hija. Pasó muchas temporadas con Francesca y conmigo en Londres, sobre todo en verano. Está guapísima. Mi familia carnal y política no me pueden ni ver: mi aspecto es extraño, me he dejado barba y mi vida bohemia se ha cicatrizado en mi aspecto y personalidad, no obstante, mi hija me ama y es lo que importa. Después de la comunión, Marta y yo nos hemos ido unos días a Alicante, a la casa de su padrino.

Después, mi hija ha vuelto con su madre y yo me he desplazado de nuevo, esta vez a Andalucía. En un pueblecito cercano a Sevilla, de montaña, he alquilado una casita de pueblo barata y perfectamente encalada y rehabilitada. Allí tenían una vacante de maestro en la escuela y me he colocado. Entre la escuela y las clases particulares que doy a niños y a adultos, sobrevivo. Me acuerdo mucho de Francesca y he empezado a escribir.

En Regüellos tengo una vida de paz y de tranquilidad. Doy Literatura los lunes, miércoles y viernes de nueve a diez e Historia los jueves de cuatro a seis de la tarde. Los fines de semana es cuando más trabajo: la mañana del sábado enseño cultura general a los adultos del pueblo, desde las nueve hasta la una y las clases particulares las tengo repartidas, casi en su totalidad, en el fin de semana. El resto del tiempo, escribo.

Han pasado tres o cuatro años y la publicación de mis libros me han empezado a reportar los primeros beneficios. Mi hija viene a verme casi todos los fines de semana. Viene en el AVE hasta Sevilla. Paco –un alumno mío, de los adultos – me acerca siempre en coche hasta la estación (Nunca conseguí sacarme el carné de conducir, me suspendieron diez veces y desistí). Marta crece y yo envejezco. Mi hija con trece años aparenta dieciocho, no sólo por su metro ochenta, sino por su tipo y larga melena. Siempre tuvo, a diferencia de mí, las ideas muy claras. En tres o cuatro años quiere irse a Inglaterra, ingresar en una escuela de arte dramático y prepararse como actriz. Esa idea no seduce nada a la familia y me echan a mí las culpas de que se haya interesado por un mundo tan inestable como ese.

Yo continúo en mi pueblo. Vivo con mi perro Max, un chucho simpático y fiel. Mi casa es rural, sin grandes lujos. Tengo libros por todos los sitios: en el salón, en la cocina, en el pasillo y en el cuarto de baño. En el salón tengo la biblioteca principal, en el cuarto de baño revistas y tebeos, en la cocina libros de recetas, de cocina y de todo lo que se refiera al arte culinario y, en el pasillo, los libros que no me cabían en el salón. Me hicieron unas estanterías de poco fondo para colocarlas en el pasillo sin entorpecer el paso.

Me he ido acostumbrando a vivir solo. Las visitas de mi hija han satisfecho mi soledad durante semanas, pero la soledad me empieza a cansar. Después de seis años, el recuerdo de Francesca sigue vivo en mi memoria. Estoy al borde de la cuarentena y, sin darme cuenta, me he convertido en uno de los escritores más leídos de España. Sólo lo noto en mi cuenta corriente y en que puedo concederle caprichos más caros a Marta, pero, por lo demás, mi vida sigue igual: entre mis clases y mi literatura.

Llevo tiempo sin escribir en este diario. Estamos en Semana Santa y mi hija va a pasar tres días conmigo. Estoy feliz y ansioso por ver a Marta: ¡tiene que darme una sorpresa!

El escopetazo no se ha hecho esperar: “Papá: me han admitido en una de las mejores academias de música y arte dramático del mundo, en la LAMDA. Está en Londres, me voy a mediados de mayo. Lo he conseguido gracias a tu apoyo. Te quiero Papi.” Un nudo me ha atrofiado la garganta y no puedo controlar el llanto. “¿Qué te pasa, papá? No llores, hombre”

- Nada, es de alegría – dije sollozando.

Soy el hombre más desdichado del mundo. Mi único hálito de compañía durante los veranos se va a ir lejos y puede que para siempre. La Semana Santa ha sido entrañable: excursiones, charlas, veladas interminables... pero por las noches he llorado con desesperación su partida.

Su madre y yo hemos ido a despedir a Marta al aeropuerto. Se ha ido, y mi mujer y yo hemos llorado mucho. Mi ex mujer está muy sensible, se acababa de separar de su segundo marido. Me ha invitado a pasar unos días con ella en su casa y, como los dos estamos solos y tristes, he accedido. Hace más de quince años que no vivimos juntos. Ella ha triunfado en el mundo de la Banca y tiene un lujoso ático en el Barrio de Salamanca. Me ha comentado que lo quería vender ahora que la niña se ha ido y que ella se ha separado. Nos hemos acostado juntos, pero una fuerza extraña me ha hecho salir por pies al día siguiente. Mi mujer es buena persona, pero no tenemos nada que ver. Como dijeron los Beatles cuando se separaron: “un suflé no se puede recalentar de nuevo”.

He vuelto a mi pueblo bastante desconcertado. Me he dado cuenta, de repente, que soy un hombre de mediana edad, solo y sin un rumbo vital claro. Mi pueblo, que ha sido mi cobijo y partícipe de mi éxito en los últimos años, se ha convertido en mi cárcel.

Francesca… ese nombre me retumba en la cabeza cada vez más fuerte. Sé algo de ella por sus novelas: vive en París y se acababa de divorciar. He intentado localizarla telefónicamente y me ha sido imposible, así que he decidido marchar a la aventura, otra vez, como a los veintitantos. He cursado mi excedencia en el colegio y cuando termine el curso en junio, me marcharé a París.

He llegado a la ciudad del amor y me he instalado en el Hotel Des Arts, en el corazón de Montmartre. Adoro este barrio en el que se respira bohemia y arte en cada esquina, pero como en la canción de Aznavour, ahora siento a Montmartre triste y falto de algo, no lo reconozco, ¿o seré yo el melancólico y desubicado?

Esta mañana he empezado mi búsqueda: internet, listines, teléfonos de información, guías, conocidos… He llamado a la editorial de Francesca y me han dicho que iba a dar un seminario en la Sorbona el viernes. Es lunes y me he dedicado a visitar París y a meditar hasta el viernes. Montmartre me atrae como una novia fea y guarra, por eso cuando vuelvo a París siempre me alojo aquí, para darme un gusto al cuerpo con sabor a pecado. Los cafés, los patés, el vino y el queso me conquistan cada vez que reposo en París.

Entretanto, he podido hablar con mi hija que estaba feliz porque no cesan de decirle que tiene aptitudes. Va a hacer un corto con un Director novel y está entusiasmada. También he llamado a Mayra, mi ex mujer, para explicarle mi repentina partida. En los últimos años, nos hemos convertido en unos muy buenos amigos y me ha parecido oportuno darle una explicación.

Es viernes, me he despertado pronto, tengo un ligero temblor en las manos y me sudan. Todo se me cae, todo se me olvida. Tardo en vestirme más de una hora porque me mancho en varias ocasiones la ropa. El seminario es a las tres de la tarde. Yo he llegado a la una y media y cada media hora tengo que ir al baño a orinar de los nervios.

Francesca ha llegado a las dos y media. No ha cambiado: alta, delgada, guapa y con esas gafas siempre pegadas a su piel (nunca quiso operarse de miopía). El tiempo no ha pasado para ella, tan sólo, cuando se ríe, le salen unas arruguitas de expresión que antes no lucía y que ahora la hacen más interesante. Yo sí he cambiado: estoy totalmente calvo y tengo más arrugas que ella y, por supuesto, peor pinta. Aunque ahora tengo dinero, me he vuelto incondicional de los jerséis de lana, de los pantalones de pana en invierno y de las camisetas en verano. Ella, en cambio, viste de marca y, más que escritora, parece una ejecutiva del Banco de mi ex mujer, con su traje de chaqueta sobrio a la par que elegante. No ha reparado en mí y ha entrado en el aula. El seminario era sobre la libertad. Ha estado hablando con madurez solemne durante una hora y pico, pero eso no me ha impresionado porque ya poseía dicha cualidad antaño. Lo que sí me ha asombrado es su sentido del humor al responder a los alumnos: divertida, ocurrente en sus respuestas, ha bromeado con ellos a carcajada limpia. Esa es la razón de sus arrugas: no son consecuencias de la edad, sino del buen humor, de haberse reído mucho. Han salido todos del aula y yo me he quedado esperando fuera. Cuando la he visto, me he dirigido hacia ella y le he dicho: “Veo que has optado por la risa” a lo que ha respondido con grata sorpresa: “¡¡¡Gustavo!!!” Me ha abrazado con fuerza como si nunca me fuera a soltar. Hemos cenado juntos y ha insistido en que me alojara con ella y dejara el hotel. Irradia alegría, aunque se acaba de separar. He dejado mi alojamiento de Montmartre y me he ido a su piso. Hemos hablado durante horas, días y sin darme cuenta ha pasado una semana. No hemos dicho nada de lo que pasó, pero era algo de lo que sí había que hablar, aunque hubieran pasado décadas. Hemos cenado en el Bâteau Mouche y, mientras que invadíamos el Sena con un fondo de violín, lo hemos aclarado. Riéndose, Francesca me ha dicho que Maggie y ella eran viejas rivales y que, cuando me fui con la rubia pechugona, ésta se puso en contacto con ella para contarle mi infidelidad. A Francesca no le había importado tanto que hubiera echado una canita al aire, lo que de verdad le había molestado es que hubiera sido con Maggie. Ella también me había sido infiel un par de veces, cuando desaparecía días, le daba morbo cepillarse a alguien casual.

Tengo cuarenta y un años y, a pesar de encontrar a Francesca maravillosa, me resulta demasiado liberal para colmar la soledad que ahora sobrellevo. Me ha empezado a entrar ganas de volver a Regüellos y así lo he hecho.

 

A finales de julio, estuve quince días con mi hija en Londres y asistí a la grabación de la película en los estudios Pinewood. Ella es la protagonista: una camionera alcohólica obsesionada por la poesía de Lorca.

He vuelto en septiembre para iniciar el curso. El pueblo está como siempre. Las mismas casas, las mismas personas. He empezado con mi rutina y con mi soledad. Claro que tengo buenos amigos, pero duermo solo. Cuando el clima acompaña, paseo durante horas por la tarde y pienso en qué hago yo aquí, luego me tomo un jerez y me vuelvo a casa.

Han pasado dos años y he publicado una novela, Camisas, que ha obtenido el Premio Planeta. Me he llenado de dinero y de entrevistas, y a mí me hubiera gustado pasar esto con veinte años menos, pero no me puedo quejar. No me apetece responder preguntas como ¿Por qué viste usted siempre así? ¿Ahora que ha ganado el Planeta, cambiará usted de vestuario? ¿Dejará usted de enseñar? Lo que me faltaba, dejar el único contacto que tengo con la gente. He anulado como quince entrevistas más en Madrid y me he vuelto al pueblo. Mi hija se ha consagrado en el cine británico y tiene un proyecto con Amenábar aquí, en España. Un papel secundario pero importante.

Han pasado algunos meses más. Es martes por la mañana y no tengo que ir a la escuela. Llaman a la puerta. Es Francesca. “¿Qué haces tú aquí?” Le digo pellizcándome el cuerpo pensando en la posibilidad de un sueño.

 

- He venido a quedarme. Si tú quieres.

- Claro...claro que quiero

 

Nos hemos abrazado y ha entrado en mi casa. Tiene claras intenciones de quedarse. Le he advertido que Regüellos no era un sitio propicio para gente de mundo como ella. Aquí no hay teatros, ni cines, ni supermercados, ni grandes almacenes. Me ha dicho que le da igual y que quiere casarse aquí conmigo y morir conmigo también aquí. No me lo puedo creer. Hemos empezado a vivir juntos y todo resulta perfecto. Para que no se aburra, le he cedido mis clases de Historia: le encantan los niños. De hecho, siempre ha sido como una segunda madre para Marta. Se siente tan orgullosa de ella como yo y, además, se llevan bien.

El colmo de mi felicidad ha sido cuando mi hija me ha comunicado que va a rodar parte de la película de Amenábar en Sevilla, lo que significa que va a vivir con nosotros durante tres o cuatro meses.

Una vez instalada mi hija, me ha comunicado que su madre acaba de romper con una tercera relación y que si no me importa que venga a pasar una temporada con nosotros. Por primera vez en mi vida, mi casa va a estar llena. Sólo dispongo de dos cuartos, uno para Francesca y para mí, y otro para Marta y Mayra.

Marta ha empezado a salir con un torero que conoció en la discoteca Boss de Sevilla el año pasado. Es uno de esos que salen más en las revistas del corazón que en los ruedos, de muy buena familia y muy pijo. En un mes han formalizado la relación y la familia de Óscar, así se llama el matador, nos ha invitado a una comida en nuestro honor que se va a hacer en el cortijo de los padres del muchacho. Vamos los cuatro: mi hija, por supuesto, mi ex mujer, Francesca y yo. Marta me ha sugerido que como los padres de Óscar son muy tradicionales, tal vez Mayra no debería venir y yo le he dicho enfadado que madre no hay más que una y que si no va ella no va nadie. A lo que sí he tenido que acceder es a que me vistan.

Paco, siempre amable, nos ha llevado en coche. El cortijo: extenso, tanto que no se ve el final. Mi hija guapísima y el pollo en cuestión con gomina hasta en el carné de conducir. Muy pelotas, nos han acompañado a tomar el aperitivo y, como es habitual (por eso odio estas reuniones), los hombres han hablado de cosas de hombres y las mujeres de cosas de mujeres. Si les soy sincero, prefiero hablar de cosas de mujeres, me parecen temas más interesantes que las acciones, los Bancos, el fútbol, los coches o los toros. He hecho de tripas corazón y he hablado –más bien escuchado –de esas cosas sin interés alguno. Eso sí, los adobitos sevillanos, el jamón y el fino, de primera. El hermano mayor de Óscar ha intentado descaradamente tontear con Francesca y ella, con su sequedad británica, le ha dicho: “La masturbación antes de una reunión como esta, puede resultar adecuada para así evitar un ridículo como el que estás cometiendo”. Rodolfo, que así se llama el salido, ha puesto una excusa absurda, se ha disculpado por no poder compartir la comida con nosotros y se ha ido. Silencio incómodo. Por mi hija he tenido que hacerme el simpático y he salvado la situación con creces. Óscar parece buen chaval, aunque su cultura brilla por su ausencia y cree que Valle Inclán juega en el Bayern de Múnich. Pero mientras sea bueno con mi hija, me basta. De hecho, esa es una de las premisas que he inculcado a mi hija: lo más importante en esta vida es la bondad, por encima de cualquier cosa, y le suelo recordar la cita de Cicerón: “Si hacemos el bien por interés, seremos astutos, pero nunca buenos”, aunque ella prefiere la bíblica de su tatarabuela: “Un mal con un bien se paga”.

Cuando ya llevábamos unas copas de más, a la distinguida señora de la casa se le ha escapado un eructo y a mí me ha entrado la risa floja. He contagiado a Francesca, a Mayra e incluso a Bartolomé, su esposo. La señora se ha enfadado y ha dicho con ira: “Ya sabía yo que los artistas son siempre unos inadaptados, unos locos y unos groseros” y se ha ido. Don Bartolomé, un tío estupendo, me ha regalado un jamón de la Sierra del Pedroso y yo, a su vez, le he regalado un libro mío y otro de Francesca dedicados. Como me ha dicho en la comida, a escondidas de su esposa, es un amante de la poesía, lo que pasa es que como su mujer es muy de antes, dice que recitar poesía es de maricones y le prohíbe el ejercicio de tan noble género literario.

 

Mi hija se ha enfadado conmigo.

 

Han pasado dos semanas y se le ha pasado el enfado. Ha roto con Óscar, harta de sus bobadas y su egocentrismo. Por el contrario, yo me he hecho íntimo de Bartolo y los martes siempre quedamos a comer en su bodega (tortillitas de camarones, soldaditos de pavía, adobitos, puntillitas…) recitamos poesía y nos emborrachamos con fino y cañitas frías. Son buenos tiempos.

Mi hija ha terminado el rodaje y vuelve a Londres. Siento su partida, pero ya no estoy solo. Me quedo con Francesca y con Mayra que, al parecer, no tiene prisa por irse. El que yo viva con dos mujeres, empieza a despertar comentarios entre los habitantes del pueblo y mis clases particulares están empezando a escasear. Dinero tengo suficiente, pero me encanta enseñar. Mayra y Francesca se llevan bien, demasiado bien. Pasean juntas y, a veces, se cogen de la mano, charlan mucho, se ríen… Hay noches que dormimos los tres en la misma cama para que puedan seguir hablando, jugando y riendo. Incluso han empezado a bañarse juntas.

Hoy he llegado a una hora imprevista a casa y me he encontrado lo esperado: estaban haciendo el amor. Me han invitado a participar y ha resultado una experiencia única. A mí no me importa este triángulo amoroso, pero al pueblo sí, tanto, que nos hemos tenido que marchar los tres a Madrid.

En el viaje de vuelta a Madrid, Mayra y Francesca han reflexionado sobre lo ocurrido. Se han dado cuenta de que no son bisexuales y que, tan sólo, ha sido un suceso aislado, fruto del aburrimiento. Yo, en cambio, estoy desconcertado, porque me he enamorado de las dos. Francesca me ofrece plenitud intelectual y Mayra estabilidad, además, ambas me ponen a cien. Aunque estoy indeciso, por mi edad, me inclino más hacia Mayra. Cuando me casé con ella éramos muy jóvenes e inexpertos y no lo pudimos soportar. Ahora, en cambio, tiene una actitud más estable, más segura, más de esposa. Además, está más guapa que antes: delgada, cuidada, sexy. Por otro lado, Francesca es también una mujer completa: belleza milanesa, exquisita intelectualidad y conversación eterna. Pero demasiado liberal. Dice que se va a casar conmigo, pero el compromiso no va con ella. Tiene cuarenta y cinco años, pero los chicos de veinte aún se fijan en ella. Yo sé que me quiere, pero también sé de su promiscuidad. Me lo ha demostrado con creces acostándose con mi ex mujer, con algunos amigos míos, etcétera.

Es abril y es domingo. La primavera se hace notar en el cielo mientras yo me dejo abandonar por la pereza envuelto en mi periódico. Son las once y media de la mañana y las dos mujeres que angustian mi vida, cuchichean y ríen en la cocina. Me levanto curioso y voy a ver qué hacen: “¿Qué pasa?”

 

- Nada, nada. Dice Francesca nerviosa.

- Creo que Francesca te quiere preguntar una cosa. Interrumpe Mayra.

- Bueno...ejem... ¿Qué te parece si nos casamos el mes que viene?

 

Me quedo inmóvil. Una opresión en el pecho me ocasiona palpitaciones. Me hace ilusión y estoy feliz, pero también amo a Mayra ¿Es posible amar a dos personas a la vez? Hay una canción de Machín que dice que sí ¿Se puede casar uno con alguien cuando también ama a otra persona?

 

- Bien, por supuesto – digo sin emocionarme demasiado.

- ¡Joder, Gustavo! Parece que te acaban de comunicar una defunción – dice Mayra

- No. Es que me ha cogido de improviso.

 

Francesca se ha desilusionado mucho por mi reacción. Cree que no la amo. Pero estoy loco por ella.

 

Poco a poco, me he ido ilusionando con la boda. Francesca está cada día más guapa. La madurez ha proporcionado, a esta italiana de tez morena y esbelta, un atractivo único. Irradia sensualidad, aunque vaya vestida de monja. Por la calle, los chicos de veinte años se giran para verla: observan sus sugerentes andares dominados por sus redondas caderas que sobresalen de su delgado físico como un arma sexual de peligrosa potencia. Su cuerpo no ha empeorado, tan sólo, sus curvas femeninas han crecido. Un bombón, vaya.

Llamo a mi hija. Está en Barcelona, su compañía estrena en el Gran Teatro del Liceo la obra de Valle Inclán, Luces de Bohemia. Ella hace el papel de Claudette, la mujer del popular Max Estrella. Le he contado que en un mes me caso. Se ha reído mucho, pero le parece bien si a mí me lo parece. “Papá, tú no eres carne de matrimonio” es lo único que me ha dicho.

Puede ser cierto, pero hace más de veinte años que no lo intento.

Me he casado. Lo hemos hecho en Regüellos, en el cortijo de Bartolo, el papá del torero. La boda bien, salvo por mi madre, que creía que había descubierto una pócima para viajar en el tiempo y que se encontraba en la boda de Mayra y mía hace décadas atrás. Mi madre, Elsa, es química. Mi padre hace años que desapareció con una brasileña y nunca más se supo de él. Desde entonces, mi madre perdió la cabeza y le dio por inventar pócimas para todo: engordar, adelgazar, adivinar el futuro, viajar en el tiempo...

Ahora vive con su hermana menor, Pili, que heredó de su ex marido, un notario de muy mala leche, un dineral. Las dos viven sin problemas y la una cuida de la otra.

Nos hemos ido de viaje de novios a Londres para recordar viejos tiempos. A la vuelta, nos hemos establecido en Sevilla Capital, en el Barrio de Santa Cruz. A la vuelta, en el ascensor, nos hemos encontrado al nuevo vecino, un amenazado de muerte por ETA. Siempre va y viene con un par de escoltas. Se le ve estresado, pero es un señor muy simpático.

A mi boda, le han sucedido unos años de paz tremendamente productivos para Francesca y para mí. Ella ha publicado en seis años dos novelas y tres libros de poesías, y yo he publicado una novela sobre la madurez que me ha supuesto el Cervantes a los cincuenta y siete años.

Mi hija está forrada, consagrada en Hollywood, pero ha decido, según me dijo, abandonar definitivamente el cine, venirse a España y dedicarse a lo que realmente le gusta: el teatro. Se casó con un productor canadiense y tiene dos niños preciosos: Juanito de ocho años y Paqui de cinco.

Esta mañana he bajado con el concejal amenazado y al salir del portal, su coche ha explotado. Él ha muerto. Yo, también. ETA nos ha matado: a él, a mí y a sus dos escoltas. Sí, en efecto, estoy fiambre. Mi cuerpo está en formol en la Universidad, seguramente los estudiantes lo harán trizas, puesto que he donado mi cuerpo. Mi alma está aquí, escribiendo este relato conmigo desde un lugar precioso y cómodo. Muy limpio y muy blanco. Aquí todo el mundo es feliz, como cuando te emborrachas y los sentimientos te afloran, pues igual. Me recuerda un poco a las tardes que pasaba con Bartolo.

Mi hija está destrozada, al igual que Mayra y mi mujer. Yo les he intentado decir que estoy muy bien, pero nos está prohibido comunicarnos con los vivos y, por poco, me gano una bronca.

Ya han pasado diez años desde que me fui. Mayra y Francesca viven juntas, se casaron. Mi hija, que también se divorció, vive con ellas y con mis dos nietos en el ático de Serrano, en Madrid: es grande y están bien. Mi nieto es idéntico a mí, Mayra dice que me he reencarnado en él, pero no es así. Todavía no me he reencarnado en nadie, tal vez dentro de cuarenta años según me dijo el Jefe la semana pasada. Me llevo muy bien con Valle Inclán y con Lorca, tenemos tertulias casi todos los días en la taberna. Con Elvis actúo la semana que viene en un concierto benéfico para recaudar fondos para las almas en pena. Mi padre y su brasileña viven conmigo, llegaron hará un mes porque tuvieron un accidente en coche cuando se dirigían a Río. Ahora estoy habilitando un cuarto para Bartolo, el pobrecillo está muy mal, tiene cáncer y está previsto su ingreso para la semana que viene. Su mujer está aquí, pero creo que no querrá pasar otra vida con ella. Maggie vive dos calles más abajo de la mía, pero no nos hablamos.

La vida aquí se parece a la de Regüellos, mucha paz y tranquilidad, aunque también nos corremos nuestras juergas, no se crean.

Ring, ring. Disculpen tengo una llamada.

- ¿Síiiiiiiiii?

- Hola, soy Jesús ¿Cómo estás?

- Pues escribiendo un rato. Ya sabes.

- ¡Ah!, eso está muy bien. No hay que volverse perezoso.

- Cuéntame, ¿qué querías?

- Verás, tengo una plaza vacante para ocupar un cuerpo. Serías hijo de una familia de clase baja en Nueva York, pero si te esfuerzas y no te descarrilas, podrías llegar a ser un excelente abogado de causas perdidas ¿Qué te parece?

- Estupendo, ¿cuándo me incorporo?

- El año que viene.

- ¿Tan pronto?

- Si, hijo, tan pronto.

- Está bien, de acuerdo.

- Bueno, pues entonces, hasta la vista. Ya te enviaré los formularios de inscripción.

- Gracias, Jesús.

- Hasta Luego Gustavo.

 

Disculpen, me acaban de comunicar que me voy de viaje. Así que me voy corriendo a despedirme, aquí los años pasan volando y hay un montón de gente a la que decir adiós. Hasta luego.

 

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