Del poeta

Del poeta es la sonrisa de unos ojos dolientes. Del poeta es la rebeca de la abuelita canosa que, aunque no puede comprarse otra, la remienda sin angustia para no preocupar a los suyos. Del poeta son los amaneceres cotidianos, farragosos y de atascos, pero también son los de descanso que se intentan ignorar entre el calor de las sábanas limpias o teñidas por la pasión. Del poeta son los suspiros por el primer amor púber, pero también los ahogos de un padre preocupado por su niña hecha mujer. Del poeta son las orgías más depravadas, los funerales más góticos, los bautizos más gazmoños, las bodas más cursis, las comuniones más insoportables y las cenas de negocios más hipócritas. Del poeta son el animal más humano y el humano más animal. Del poeta soy yo y del poeta eres tú. Del poeta es la mañana que llora a su amor imposible, la noche. Del poeta son la sal del mar y la del salero. Del poeta son la corbata deshilachada, la pajarita hípster y el botín Chelsea. Del poeta son las penas con clínex, las alegrías con semen, las desilusiones con güisqui, las melancolías con maletas, las azucenas asiáticas, las mariposas hojas, el pez rosado con manos y el calamar gusano. Del poeta son la derecha, la izquierda y el centro. Del poeta son la diarrea y las flores del cerezo. Casi todo es de ellos, pero casi nada les pertenece.

Adiós mundo que aquí me quedo

Noto la fiebre invadiendo mi razón, quebrantando mi inconsciente con una floración de polen asesino que enquista en mis pensamientos pétalos negros, elegantes y de tacto sedoso que adormecen mis cábalas motrices. No hay manera de salir airoso de este patio de vecinos que es mi cabeza: todos hablan a la vez, son ruidosos, vulgares y sucios. Presupongo su hedor porque, venturosamente, oler no puedo y sólo aprecio su mugre impregnada en sus ropas, sus dientes amarillentos con relieves de sarro y sus prendas acartonadas por Dios sabe qué. Sin embargo, debo salir a luchar, a ganarme el pan y, aunque la corrala que hay en mi cabeza no cesa de abigarrarse y fundirse en un tumulto insoportable, debo seguir adelante, construir, advertir la realidad aunque sea por una rendija de ese férvido patio. Pero, por un momento, me lo replanteo y pienso en quedarme dentro, con ellos, con esos seres roñosos y harapientos que no dejan de berrear con voces aguardentosas producto del tabaco y del exceso de alcohol. Me detengo. Relego mi empeño por buscar fuera, empiezo a indagar dentro y encuentro: a un niño obeso, carigrande, tímido y de pantalón recién cagado; a un viejo cojo de peinado de posguerra, rebeca verde y zapatos ortopédicos recetados en la Cruz Roja, y a una mujer flamenca, de zarcillos enormes y dorados, ataviada de mil colores. Ellos están dentro de mí y por eso son míos o yo soy de ellos, así que me digo a mí mismo: “adiós mundo que aquí me quedo”.

 

OSCURIDAD MEDIEVAL

 

Oscuridad medieval, olores a incienso litúrgico que, sin saber su origen, inundan mi vigilia de escarcha y que, en vez de a cielo me huelen a infierno, atormentan mi existencia tenebrosa de lágrima turbada, de ojera perpetua dibujada con perfidia en mi rostro enfermizo, blanco, casi traslúcido. No sé si me persiguen otros cuerpos u otras almas, no sé si me atormentan, no sé si son espíritus errantes o soy yo el fantasma que camina con el abrigo empapado por el sudor del terror y del olvido. Toda la penumbra gótica, huérfana de estrellas, sobrevuela mi universo como una manta invernal de hielo cubriendo mi corazón atormentado. Vago errante por los cementerios desatendidos de tumbas rotas e invadidas por las raíces verdosas de los árboles, como un loco de barba enmarañada y mirada pavorosa invadiendo el cosmos defenestrado y vil. Quizá sea sólo un vagabundo horadando la muerte que no sabe dónde descansar: Solo, solo, solo… solo y encadenado a una oscuridad extrema y asfixiante que, sin ser dolorosa, te quiebra el alma con un ácido goteo. Nadie me escucha, nadie me ve, nadie me siente. Sólo veo mi vaho dibujando las tinieblas, mi escasa sombra, y ella me sigue y me asusta y veo que tiene malas intenciones cuando cobra independencia en sus movimientos. Me flaquean las piernas, mi corazón palpita y, cuando mi garganta se cierra, me brota un chorro de lágrimas frías y saladas que alcanzo a saborear… Grito, grito en la noche más espesa del universo y en vez de grito provoco la náusea, una náusea silenciosa e improductiva, salivosa. Piso algo crujiente, algo que explota lento y viscoso bajo mis botines negros embarrados. Me toco la planta del zapato, cojo una pluma, una pluma negra que chorrea sangre y un líquido blanquecino y espeso que calienta la palma de mi mano. Sigo pisando y me hundo cada vez más, a cada paso, mientras unos crujidos articulares expulsan un olor nauseabundo, pútrido que inundan mi pituitaria. En la colina ha empezado a sonar un turbio y solemne piano que, mientras me venzo en el mar de crujidos, se confunde con el viento cruel que hiela parsimonioso mi cuerpo. Los aullidos intermitentes de algún perro o licántropo acompañan el suspiro del instrumento y del hielo que cortan como un cuchillo la noche ocasionando que las nubes se desangren como un telón vaporoso y la luna, sinuosa y agónica, alumbre por fin mis pies. Es entonces cuando veo que estoy sobre una alfombra de cientos, de miles, de millones de cuervos negros, muertos, podridos y que, a mis pasos, mueren otra vez como si fuese su eterno destino.

El alma a la rama

Hago el ejercicio de transportar mi alma a la rama que me está mirando. Se tambalea y me observa lánguida, con el pesar a cuestas de su estancada existencia. De vez en cuando, el aire le obliga a moverse y ella amortigua el cuello sin ninguna gana. ¿Qué pensará la rama? ¿Amará la rama? Cuando intento sentir como ella entro en un estado de paz absoluta: nada me importa y nada quiero. Solo estoy y nada pienso. Sólo me amortiguo como la rama y así obtengo paz. El viento es vida ...y la rama es paz. Sin viento, salvo por su verdor, podría estar muerta. Hoy me siento rama y ni siquiera el aire me insufla savia. Hoy sólo soy como la rama. Me dejo llevar por la deriva de mis latidos y de mi mecanismo a un futuro impredecible en el que el ruido se oye de lejos. Me da rabia pensar que gente que conozco seguramente me sobrevivan, pero, ay, hoy soy rama, así que no puedo sentir rabia. La rabia es de humanos, no de ramas.

Suena Imagine

 
Suena Imagine. Las notas copulan suavemente con las nubes violetas y eyaculan rayos de sol, tímidos e intermitentes, como látigos de fuego inane. Ahora la batería y el falsete característico, yuhuuuu. El verano languidece en la unidad de cuidados intensivos, tiene mucha fiebre… El aire es aséptico, delgado y limpio, como si acabara de defecar. Esa brisa imberbe, que interrumpe a las nubes y a la lluvia, refresca nuestro rostro embotado de cloro y cerveza. Asistimos ahora, en calidad de testigos y jueces supremos, al desenlace fatal. Ya no hay tanta vida como en verano, hace falta una pizca de muerte. La muerte está vinculada a la paz: es quietud, silencio, fermentación que da lugar al ave fénix en forma de vino o de flores. De la muerte, de la carroña, de la mierda más putrefacta y hedionda (como la de los bebés, que es la peor mierda de todas) salen las más bellas rosas, las más hermosas canciones y los mejores caldos. Por esto necesitamos que muera tanta vida, tanto sol y tanta absurda vanidad de adolecentes necios viciados por las hormonas, el internet y la teleputa. El exceso de cursilería, de risa bobalicona, de broma lógica y previsible tiene un límite y anhela el equilibrio aristotélico. Asumamos que la virtud está en el término medio y no en lo que los medios nos venden, que es una realidad adulterada de lo que, en realidad, tampoco queremos ser. No caigamos en la trampa que nos impone el consumo.
Aceptemos, a pecho descubierto, rasgándonos las vestiduras y etiquetas, que somos animales y quememos en una pira funeraria y orgiástica, en un aquelarre constituido por las brujas de Zugarramurdi o en los cubos de basura vulnerados por una manifestación absurda de perro flautas todos los libros de autoayuda. Sólo nos mueve nuestro instinto de supervivencia porque, lo único que nos diferencia de un león o de una mosca, es la bipedestación y sus consecuencias. Así que, si llegamos a tener hambre, mataremos por el trozo de carne que tiene el vecino; si llegamos a tener sed, degollaremos al propietario de la fuente, y, si tenemos frío, robaremos las vestiduras a nuestra propia madre si es preciso. Así es la especie a la que pertenecemos, no nos hagamos felaciones mentales diciendo que somos solidarios, humanos y compasivos porque es biológicamente falso. Sólo lo somos cuando tenemos la barriga llena y es demencial que intentemos convencer de esos valores a quien se muere de hambre.
Suena Imagine. La tristeza acompaña al sol porque está un poco más viejo, las lágrimas son las hojas que empiezan a morir. Ya no suena nada, sólo la vida lejos de mí. Cuando uno está solo y en silencio está como muerto, pero tampoco es mala la experiencia. Pizcas de melancolía adornan el otoño con los colores y los hedores del pudrimiento, de las hojas muertas y de la falta de sol. Ya nunca sonará Imagine.

Me riegan el alma

Por fin me riegan el alma, por fin se me humedece el ingenio, por fin el cielo me da de comer la melancolía suficiente para escribir. Estaba seco, ávido de grises, ansioso de marrones, crispado en la sequedad del ingenio. Pero las gotas corredizas sobre mi barba impermeable y la brisa detergente de humos han despertado mi adentro, mi pesar, mi feliz tristeza que, por interés, busco cuando la necesito. La noche es ya más noche y los silencios son más drásticos y más tenebrosos... porque la lluvia, esa marea melancólica y sádica, golpea insistente la ventana del hogar horadando esperanzas con las lágrimas de los ángeles, haciéndonos discurrir que en la vida no hay sólo risas sino momentos para recordar. La risa por la risa es aburrida e instantánea, la manga corta no da de sí, los colores ya pegan en blanco y negro y los paseos deben cincelarse en sepia como lo hace la madurez.

Escara Básica

¿Qué pasaría si mañana le diera un par de hostias a más de uno?

En esta sociedad descafeinada de hipócrita humanidad, se nos supone a todos como unos seres evolucionados que debemos actuar conforme a unas normas éticas que dictan los telediarios y lo políticos de turno. ¡Menuda falacia! ¡Menudo insulto a la inteligencia! ¿A quién pretenden engañar? Seguimos siendo animales que vivimos en una selva en la que nuestra única misión es proteger a nuestra manada, nada más. Así ha sido durante siglos y así seguirá siendo porque no hemos evolucionado tanto o, al menos, no lo hemos hecho en la dirección adecuada. Los ideales políticos, desde el fascismo al comunismo, son maquiavelismos de ingeniería maléfica para conseguir el dominio de la plebe, el dominio de la hormiga. Actualmente, los protagonistas de esas artes de sumisión son la política (El Anticristo) que tiene como aliada a la prensa (El Falso Profeta) y que se sustenta con mecanismos nuevos como el Internet (La Bestia). He ahí la trilogía satánica.

Toda esta introducción alucinógena viene a que, como somos animales, debemos ser adiestrados y, por ende, se nos debe seleccionar como a tales. Pero en esta sociedad amariconada no ocurre esto y conseguiremos que el hombre, como especie, se extinga: no se selecciona ni se adiestra a nadie, todo vale, por lo que entramos en conflicto con nuestra propia esencia, la de animales. El mundo se está llenando de indeseables, de gilipollas a los que no les paramos los pies, de mequetrefes que van diciendo por ahí lo que les sale de los huevos y encima hay que venerarles la chorrada. Pues, señores, como ésta es mi digresión reflexiva, a todos esos les daría un par de hostias bien dadas (a los hombres, claro, a las mujeres –tal y como dicta la ley de la selva-, no se las toca y, a quién lo haga, triple hostia).

No se puede respetar a todo el mundo, a todo lo que se diga y a todo lo que se haga, ni tampoco justificarlo. Hay cosas que no se pueden tolerar y, por lo tanto, no se deben admitir. Hay personas excelentes, las hay mediocres y las hay indeseables. Por eso, a los indeseables que la ley no puede ajusticiar por gilipollas, tocapelotas o cursis y, que su reinserción social es inútil por tener el ADN plagado de cromosomas idiotas…  ¡Ésos! deberían ser castigados por los buenos ciudadanos de a pie, a los que se les debería dar licencia para abofetearlos a placer en el momento que estimasen oportuno. Dicha patente de corso, que se haría física por medio de un carnet plastificado (tipo DNI), debería darse a hombres y mujeres ejemplares de todo el mundo tras un examen pormenorizado de sus vidas y conductas. El Hostiador u Hostiadora, como nueva figura social y ajena al gobierno, tendría derecho a abofetear, pero también correría el riesgo de ser abofeteado.  De ahí, que el Estado debería financiar al hostiador u hostiadora clases de artes marciales e, incluso, de esgrima pues, si se instaurara de nuevo los duelos a muerte o a primera sangre, más de un gilipollas se reprimiría antes de soltar una tontería.

Volviendo al inicio de mi digresión reflexiva, es obvio que tendría consecuencias legales si fuera dando leches por ahí a diestro y siniestro, por esto cambiaré mi pregunta iniciática a la siguiente: ¿Qué pensarán mis lectores u oyentes cuando lean estas palabras políticamente incorrectas?

Antes de terminar, una advertencia, sobre todo si el oyente o lector es varón: como tenga el día atravesado, no garantizo reprimir el hostión si la crítica no me gusta.

Un saludo.

Arte

 

(Del libro “Escara Básica”)

Al arte sólo pueden aspirar unos pocos y, de entre ellos, sólo algunos consiguen amarlo como a su pareja. Éstos son sumamente privilegiados o sumamente desgraciados, dependiendo de su realización en su propia existencia. En cualquier caso, unos y otros pueden morir tranquilos, porque si conocen o, simplemente, perciben por alguno de sus cinco sentidos, aunque sea por un solo segundo a lo largo de toda su vida, la esencia del éxtasis artístico y de la perfección abrupta de la emoción que conlleva, en este caso, el ser en cuestión se fundirá con el arte como un único ente o alma. De esta forma, podrá presumir, ante los demás o ante sí mismo, si persevera su “vena artística”, de haber visto a Dios antes de haber puesto fin a su vida.

Pero… ¿qué es, en realidad, el arte? ¿Es un sarao organizado por los cinco sentidos? ¿Es una puta cara de belleza inigualable, de saber hacer único y de olvido difícil? ¿Es, en realidad, la vida? O, dicho de otra manera, ¿la vida se podría consagrar al arte? ¿Seríamos mejores y viviríamos mejor si la piedra angular de nuestra sociedad fuera el arte en vez del dinero? ¿Qué sería de nuestra sociedad si aspiráramos a crecer en vez de a ganar; a disfrutar en vez de a superar? ¿Qué sería?

Es sencillamente imposible pensar en el ser humano como en un ser altruista, ya que en él van intrínsecamente ligadas una serie de “virtudes” o “vicios” que fluyen más de lo necesario. Yo no hablo de abolir “virtudes” tales como pueden ser la ambición, sino de nivelarlas. Todo tiene un límite y nuestra sociedad actual tiene un problema grave: es que antepone el dinero a sus semejantes… y esto es, como le diría a mi hija, “pupa, malo”. En las grandes ciudades, la gente está con un estrés desmedido, que desemboca en un histerismo colectivo infumable e imposible de asumir por los seres que aún hoy, en nuestros días, se consideren a sí mismos románticos. Tal vez, el arte pueda algún día reconducir la sociedad.

 

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© Guillermo Pérez Aranda