Revelación (El milagro te mata)

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SINOPSIS: Llevamos años adentrándonos en una situación convulsa en la que la estabilidad a la que estábamos acostumbrados, parece estar tambaleándose. Rafael es un mero administrativo madrileño que trabaja en una mediana empresa, vive en un barrio céntrico de Madrid y, a pesar de tener ciertas inquietudes intelectuales, lleva una vida anodina junto a su mujer y su único hijo, Manuel. Un día cualquiera su rutina va a dar un giro radical por una situación que se evidencia como mucho mejor, pero, lo que a priori parece ser un golpe de suerte, luego no lo será tanto pues deberá introducirse en un entorno fascinante pero brutalmente ajeno al suyo, en el que la aventura, los dislates y la pasión serán claros protagonistas. Rafael, un hombre tímido y sin mucha iniciativa, tendrá que tomar decisiones que no sólo le afectarán a él, sino también a su familia, a su país e, incluso, al mundo entero.

Una novela de ficción con la realidad muy presente, en la que la religión se entiende de otra manera y en la que se da un paso más al enfoque político mundial desde una óptica, para los tiempos que corren, bastante incorrecta. Personajes sacados de la realidad, personajes heterogéneos y desvirtuados por la ficción van a ser los protagonistas de un hito crucial para la Historia de la Humanidad, en el que las religiones se mezclarán y la política se desmontará sin piedad ni afinidades. ¿Jesucristo en un campo de batalla? ¿Un Beatle siendo soldado? ¿El Apocalipsis con epicentro en Madrid y con protagonistas tan pedestres como los jevis de Callao? Una historia, en definitiva, que quizá tenga menos de ficción de lo que en realidad aparenta.

 

De Roquero a Cantacunas

PRÓLOGO: Me llamo Adolfo Bartolomé Pérez de Mejía y Córdoba, o sea, Adolfo Pérez. Tengo treinta y cinco años y soy un madrileño muy guapo, un Dorian Gray sin pelo, un Elvis decapitado que, como dijo el poeta, cambió su tupé por un pelo ralo[1]. Mixto de emigrante andaluz y de niña bien de la capital, no acabo de encontrar mi lugar en este mundo y es, escribiendo, desahogándome y abriendo mi historia a todos ustedes, cómo pretendo hallar sentido a mi vida. No quiero contarles toda la verdad, ni toda la mentira; tan sólo deseo crear cierta confusión para arrancarles una sonrisa bajo peligro de ganarme más de un enemigo y alguna que otra paliza. A muchos no les hará mucha gracia verse reflejados en mi relato, lo siento. De hecho, llevo soportando sobornos e intentos de embauco después de que muchos de los personajes de esta historia supieran de mis intenciones. Pero así es la vida y esto es lo que hay: al amigo, al vecino o al pariente de turno se le va la chola y le da por contar su vida y la de los demás sin ningún permiso. Pues sí, me ha dado por ahí. A pesar de mi juventud, quiero contarles mis aventuras, si se pueden llamar así a las anécdotas de un tipo cualquiera que nació en los setenta y que ha vivido con pocas complicaciones hasta no hace mucho. Si esperan un relato duro, profundo o fantástico, reléanse los Pilares de la Tierra y, si es demasiado tocho, denle al Harry Potter (que, dicho sea de paso, ya marea un poquito el chaval con tanta vuelta en Nimbus), pero dejen de leer esto de inmediato. Imagínense que un día van en tren de cercanías y el calvo de al lado le cuenta sus fábulas de juventud, pues lo mismo. Seguro que ese individuo no ha batallado en la Guerra Civil, ni ha sufrido la persecución nazi, ni es víctima de las drogas, ni es una estrella del rock, ni está infiltrado en ninguna mafia… En fin, a lo que iba: soy fruto de una generación rara y, cómo dice el gran Fito y sus fitipaldis en una de sus canciones: “no digo diferente, digo rara”. Pertenezco a la generación que, no hace muchos años, escuchaba la música en cintas y utilizaba el walk-man o los cascos para escuchar sus canciones favoritas por la calle; a la generación que llegó a ver la tele en blanco y negro, a la que cambiaba cromos de la serie V en el recreo, a la que se emocionó con ET y a la que tuvo sus primeras erecciones con Sabrina Salerno o Samanta Fox.

También debo advertirles que hago trampas en este relato porque hay mucha mentira vestida de verdad universal, mucha verdad contaminada por la mentira de la vida y mi objetivo no es otro que el de reírme mucho de mí mismo, de mis coetáneos y de la extraña época en la que me ha tocado vivir.

Aquí van unas cuantas historias de amor, de humor y de añoranza contadas con una pizca de cariño y otra pizca de mala leche. El personaje tiene mucho del que se lo inventó, pero no es él. Hay mucho de mentira, pero el resultado es una verdad, así que su deber como lectores es simple: disfrutar de mis palabras sean o no ciertas, sean o no inventadas. Adelante, atrévanse a leer las travesuras y las melancolías de un hijo de la Transición en un mundo parecido a éste antes de que se convirtiera en un padre anómalo.

[1] Léase Versalias. Poemario del autor.

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© Guillermo Pérez Aranda