¿Por qué no rendir homenaje a los grandes héroes españoles?

 

Politizar la historia es jugar sucio, es malversar a las nuevas generaciones y utilizar la sangre derramada por nuestros antepasados con fines e intereses partidistas. Particularmente, quiero desvincularme de esa obsesión por etiquetarnos que hay en España y hablar libremente –si es que se puede –de los héroes de mi país y de paso, por qué no, honrarlos como es debido. Creo que es de sabios encomiar, respetar y agradecer a los que han estado aquí antes que nosotros y que han hecho todo lo posible (incluso perder sus vidas) para que hoy podamos disfrutar de un país que no está nada mal, digan lo que digan y le pese a quien le pese. “Es de bien nacido ser agradecido”, que ya lo decía el Quijote.

Empezaremos, pues, hablando de algunos héroes del Dos de Mayo (a los que rememoramos también en nuestras rutas), como los capitanes de artillería Luis Daoiz y Pedro Velarde. Cuando homenajeamos a estos dos militares españoles, lo hacemos también, por extensión obligada, al pueblo madrileño de 1808, a esa población civil que se enfrentó a las tropas imperialistas francesas con armas de andar por casa. Daoiz y Velarde, sevillano y cántabro respectivamente, lucharon mano a mano con los ciudadanos de a pie: hombres, mujeres y niños que se dejaron la piel literalmente en las calles de Madrid y, en particular, en el Cuartel de Monteleón que, aún hoy, podemos ver su puerta en la Plaza del Dos de Mayo. Manuela Malasaña, que da nombre al barrio (donde estaba el cuartel antes mencionado), fue otra de las jóvenes víctimas y heroínas de aquel fatídico día (paradójicamente, hija de un francés). Las circunstancias de su muerte son discutidas, pero su cuerpo fue registrado con el nº 74 en la relación de las 409 víctimas de aquella jornada. Tenía diecisiete años. También queremos recordar a otros que no acataron la orden superior de no intervenir y que se unieron a los de Monteleón como el teniente Jacinto Ruiz y los alféreces de fragata Juan Van Halen y José Hezeta.

Diego García de Paredes es otro de nuestros muchos héroes. Apodado el sansón extremeño que, por su fortaleza física y por sus múltiples hazañas, fue el soldado más famoso de principios del s. XVI. Fue un duelista invicto: en sus más de 300 duelos, jamás perdió ninguno derrotando a coroneles italianos y a caballeros que formaban parte de la élite del ejército francés. Estuvo al servicio del Papa y participó en multitud de batallas: en la toma Granada, luego sirvió con el Gran Capitán en el Asedio de Cefalonia, en el Danubio contra los turcos… Pero, curiosamente, no murió en el campo de batalla sino al caerse de su caballo cuando jugaba con unos niños.

Por otro lado, tenemos a Don Álvaro de Bazán: Este granadino jamás perdió una batalla y murió de muerte natural. Gran marino, oficio que aprendió de manos de su padre, y Marqués de Santa Cruz se dijo de él: “Peleó como caballero, escribió como docto, vivió como héroe y murió como santo”. El mejor marino que ha dado nuestro país en toda su historia. Don Álvaro de Bazán fue el héroe de Lepanto (donde coincidió con Cervantes), el de la batalla de la isla Terceira (donde se anexionó la corona de Portugal) y alcaide de Gibraltar con tan sólo nueve años, entre otras cosas. Fue invicto en todas las batallas que participó dando gloria a España. Su primera batalla fue con tan solo dieciocho años siendo éste el inicio de una gran carrera naval que duraría cincuenta años.

Después de la polémica surgida en los premios Goya, también quiero hablar, cómo no, de Blas de Lezo y Olavarrieta, también conocido como el “Medio Hombre” o el “Patapalo” (que tiene una tímida estatua, casi oculta, en la Plaza de Colón). Es indudablemente el gran héroe español por excelencia y el más olvidado. Es el “culpable” de que se siga hablando español en Colombia. Protagonista absoluto de la victoria española en la batalla de Cartagena de Indias (1741), la más humillante de la historia de Inglaterra en la que 2000 soldados y 6 barcos españoles acabaron con casi 20.000 soldados y 180 barcos ingleses.

Pero hay muchos más héroes patrios de los que ya hablaremos y que merecen un monográfico especial como Ángel Sanz Briz conocido como el Ángel de Budapest que salvó a más de 5200 judíos de la Alemania nazi; Don Gonzalo Fernández de Córdoba (El Gran Capitán), padre de los Tercios, que revolucionó el arte de la guerra; Don Pelayo que frenó la expansión de los musulmanes hacia el norte y comenzó la Reconquista; Juan Martín Díez, “el Empecinado” figura imprescindible en la Guerra de Independencia…

Muchos compatriotas míos se avergüenzan de haber nacido españoles, y ven retrógrado y aldeano sentirse orgullosos de su patria. Pero, si muchos de los héroes anteriormente mencionados no hubiesen existido, muchos de los que ahora reniegan de España hoy no estarían aquí ni se podrían ir de cañas los domingos. Es más, y lo que es paradójico, es que haya hermanos nuestros de Sudamérica, por citar un ejemplo, que sientan más la bandera que nosotros mismos. Desde Madrid Discovery Tour dedico este artículo a ellos y a todos los que vienen y terminan amando España como si fuera su propia tierra. Un gran aplauso para los que enarbolan ese símbolo (la bandera) que, para muchos de nosotros es solo un trapo, como una alegoría de la unión entre pueblos, como un emblema que une más que separa.

Y termino con una frase que dijo Otto von Bismarck: «Estoy firmemente convencido de que España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos queriendo destruirse a sí misma y todavía no lo ha conseguido».

 

LA TAPA

 

Se dice que fue el rey Alfonso X “El sabio” que, al tener varias recepciones al día y ofrecer una copa de vino en cada una de ellas, terminaba la jornada con dolor de cabeza y de estómago. Se lo comentó a su médico personal y le aconsejó que acompañara el vino con algo de comer. El resultado fue asombroso, sus molestias desaparecieron y de aquella recomendación del galeno surgió la tapa. A partir de entonces, el rey dispuso que en los mesones castellanos siempre se sirviese el vino acompañado de una pequeña porción de comida para evitar esos males (si es que se le puede llamar mal a la ebriedad…).

Pero, ¿por qué se llama “tapa”? Al principio, esa ración de alimento (que solía ser una loncha de embutido o una cuña de queso) cubría la boca de la copa de vino, la “tapaba”, de ahí que se le denominara tapa.  Se hacía así para evitar que las moscas entraran en la bebida. Sin embargo, hay quien dice que la denominación de tapa nace como tal en Andalucía y en tiempos de Alfonso XIII, cuando el monarca estaba en una venta de la provincia de Cádiz,  en “El Ventorrillo del Chato” que aún existe. El Rey pidió un Jerez, se levantó mucho viento y, para que su copa no se llenara de arena, el camarero tuvo la brillante idea de tapar la consumición con una loncha de jamón. Al Rey le pareció fantástico el recurso de poner la porción de embutido encima de la copa para evitar que el Jerez se le llenara de polvo, así que se tomó la tapa con el vino y luego, con gusto, pidió otra consumición que incluyera otra tapa igual. Los miembros de la Corte, viendo al monarca, hicieron lo mismo pidiendo tapa con la consumición.

A lo largo de la historia, la “tapa” ha recibido distintas denominaciones: En “el Quijote”, por ejemplo, Cervantes se refiere a las tapas como “llamativos”:

“Si vuestra merced quiere un traguito, aunque caliente, puro, aquí llevo una calabaza llena de lo caro (entre los vulgares y vendedores se entiende el vino puro, que se vende al precio más alto), con no sé cuántas rajitas de queso de Tronchón, que servirán de llamativo y despertador de la sed, si acaso está durmiendo”

Quevedo, por su parte, en “la vida del Buscón” las denominaba “avisillos” por ingerirse con anterioridad a la comida principal.

De la tapa surge, cómo no, faena tan digna como la del tapear (o tapeo) de la que seguramente, dependiendo del éxito de este blog, haremos varios monográficos sobre las distintas variedades en las que se pueden disfrutar estos manjares y mencionaremos también las zonas y lugares propicios para hacerlo.

Recomendamos desde Madrid Discovery Tour, sobre todo, al turista que venga de otros países, que experimente nuestra costumbre de tapear y, no en un solo lugar, sino en varios. Se trata de hacer una peregrinación gastronómica por cada rincón de nuestra geografía, una procesión de los sentidos en la que la conversación espontánea con otros parroquianos del bar también forma parte de este acto que, en definitiva, es tanto social como cultural. No se asusten de lo llenas que estén, de lo sucios que estén sus suelos o de las voces que puedan salir de las tabernas más típicas, esto también forma parte del encanto del tapeo. Y, para cumplir con el ceremonial completo, se suele hacer de pie.

Pero lo que le da el verdadero sentido a la tapa y al local que la ofrece es que sea gratis. Pueden ofrecer desde unas patatas fritas o unas aceitunas hasta unos callos a la madrileña, unas croquetas o un jurel. Todo dependerá del sitio, de la generosidad del dueño, de la zona o de la provincia española donde estemos.

Hablando de regiones, la tapa tiene diferentes denominaciones dependiendo de la región de España donde se pida. Por ejemplo, en Madrid es tapa y en el País Vasco, pincho. No obstante, si pides una tapa en cualquier parte del país, te entenderán perfectamente.

En cuanto a Madrid, el tapeo es tarea obligatoria para el madrileño que se jacte de serlo: Croquetas, tortilla de patatas, mejillones tigre, boquerones en vinagre, calamares, patatas bravas, torreznos, oreja, soldaditos de Pavía, ensaladilla rusa… Todo esto lo encontraremos en distintas zonas emblemáticas de Madrid como Malasaña, el Centro (la Plaza Mayor (bocadillo de calamares) y la Puerta del Sol), Lavapiés, Chamberí (la calle Ponzano), Huertas (Barrio de las Letras)…

Por todo esto y muchas cosas más, esperamos que contéis con nosotros cuando vengáis a Madrid y así os descubriremos lugares emblemáticos para que ejerzáis “el tapeo” como auténticos lugareños.

 

LA BOHEMIA MADRILEÑA. SUS TERTULIAS Y SUS LUGARES.

 

Quizá todo empezara en París, en los recovecos más lúgubres y viciados del barrio Latino, bajo el palio de la Sorbona, o tal vez en el Montmatre más aldeano y oculto. En cualquier caso, no hay nada como fusionar bohemia y casticismo: el cóctel resulta atractivo y muy nuestro cuando el modo de ser barroco, heredado de los Austrias, se mezcla con las artes más vanguardistas y la filosofía más sesuda con los tres vuelcos del cocido. El Madrid de los cafés y del noctambulismo de finales del XIX y primeros del XX, marcó un antes y un después en las artes literarias de este país (algunos dicen que fue un segundo siglo de oro) cuando aquellos escritores bigotudos y barbados, con perspectiva romántica y desencantados de la situación de España, se reunían en cafés para arreglar el mundo y compartir su pesimismo creativo. Afortunadamente, aún perviven algunos de aquellos tabernáculos de opinión como el Café Gijón por donde han pasado las mejores plumas de nuestro país como Benavente, Baroja, Umbral, Pérez Reverte o Cela que se inspiró ahí para escribir la Colmena. Allí, los bohemios y escritores, hablaban de toros, de política o de sucesos tremebundos como el crimen de la calle Fuencarral. Hay otros ejemplos como el Café Comercial, que recientemente ha sido salvado y reformado, famoso por su chocolate con picatostes; el Café de Oriente, quizá más noble que los anteriores por sus parroquianos y entorno; la cafetería del Círculo de Bellas Artes conocida por el salón de la pecera y frecuentada por numerosos artistas, o el Café Barbieri que tenía como ilustre cliente al mismísimo Rey Alfonso XIII. Sin embargo, hay otros que, desgraciadamente, han desaparecido con los años como el Café Levante, La Fonda de San Sebastián (donde tenía lugar la tertulia de Moratín), el Café de Fornos, el Café del Pombo donde Ramón Gómez de la Serna pontificaba y animaba las tertulias o el Café de la Montaña donde Valle Inclán, al enfrentarse con el periodista Manuel Bueno, perdió su brazo (aunque él se inventara luego otras historias en relación a la amputación de su extremidad superior izquierda, como la del “estofado”).

Antes, todo ocurría en los cafés: los movimientos artísticos, las vanguardias, los amores, las ideas políticas y filosóficas… y era porque allí había tertulias. Ahora cuando hablamos de tertulia, la gente piensa en esos programas de la televisión en los que participa gente que no para de chillar, pero no tiene nada que ver con eso. Es un lugar en el que, con una cierta periodicidad, se congregan unos y a veces otros para simplemente tener una conversación educada y recíproca. Es, en definitiva, un espacio donde la gente habla. A mí, particularmente, siempre me sedujo la idea de organizar una y así hice: llevo dos años y medio coordinando, cada quince días, una tertulia abierta en el barrio de Malasaña (los martes en el Súper Pop bar https://www.superpopbar.com/). La hacemos en el meollo de Madrid, en el corazón del dos de mayo, y lo cierto es que ha sido una experiencia única y muy enriquecedora en la que he llegado a aprender mucho de mis contertulios. Es curioso que en esta era de la tecnología, en la que la gente se comunica continuamente a través de aparatos, el simple hecho de charlar un rato sin filtros tecnológicos produzca tanta felicidad, bienestar y gratitud a la gente. De ahí que aproveche este artículo para invitar a todos mis lectores a participar en tan placentero ejercicio dialéctico.

Pero volviendo a la bohemia y a los cafés madrileños, en otro tiempo, eran territorios esenciales para el ejercicio del arte y de la literatura (ya sea en solitario –para crear –o en grupo). En estos lugares, se reconciliaban curiosamente las distintas ideologías que imperaban en España y había una verdadera libertad de opinión (que ahora, muchas veces, echamos en falta) aunque hubiera pensamientos antagónicos. Las revoluciones, francesa y rusa, como varios movimientos artísticos (el surrealismo, por ejemplo) se forjaron así: de café en café y de boca en boca, sin necesidad de internet. La bohemia madrileña, en concreto, se plasma muy bien en el esperpento de Valle Inclán “Luces de Bohemia” (1920). En Madrid, todos los años, se rinde homenaje a esta obra haciendo el peregrinaje que hizo su protagonista, Max Estrella, un «hiperbólico andaluz, poeta de odas y madrigales» alter ego del escritor Alejandro Sawa. El recorrido bohemio que es en abril,  cuando se celebra la noche de los teatros, pasa por sitios habituales de nuestras rutas como Casa Ciriaco, la Chocolatería de San Ginés, la Puerta del Sol, el Callejón de Álvarez el Gato…

Es un tema que da para mucho y, a parte del esperpento de Valle Inclán, quiero aconsejar una novela de Juan Manuel de Prada, “Las máscaras del héroe”, retrato de todo ese mundo del malditismo literario madrileño de principios del siglo XX. Modernistas, Generación del 98… quizá sean ellos y sus contemporáneos los que más representen la literatura de café y de tertulia, ese hábito tan saludable de hablar con otras personas y escucharlas. Costumbre ésta que nosotros, desde un rincón del castizo barrio de Malasaña, hemos heredado y pretendemos perpetuar.

 

TRADICIONES MADRILEÑAS (I)

Madrid, lo queramos o no, es ciudad de tradiciones ancestrales y también adquiridas por ser capital acogedora, de refugio y de paso. Muchas de ellas son muy nuestras, pero otras han sido recientemente incorporadas y nada tienen que ver con nuestra idiosincrasia castiza; sin embargo, si de lo que se trata es de divertirse, el español en general y el madrileño en particular, es el primero en subirse al tren de las nuevas fiestas.

Entre las más tradicionales e importantes está la patronal de San Isidro Labrador, el 15 de mayo, que Goya documentó a finales del XVIII con su cuadro La pradera de San Isidro. Este labrador, algo perezoso y beato, estaba bajo las órdenes de un caballero medieval, Iván de Vargas, y entre sus milagros más relevantes destacamos el de salvar a su hijo cuando se cayó a un pozo. Rezó de una manera tan ferviente que hizo crecer las aguas para evitar que el niño se ahogara. Todos los años se puede acudir a la pradera de San Isidro, junto a la Ermita del Santo en el barrio de Carabanchel, para disfrutar de una de las fiestas más castizas de la capital: chotis, rosquillas (las tontas y las listas) y una buena comida al aire libre con los amigos, en la que no puede faltar la tortilla de patatas y la sangría, conforman una de las tradiciones más antiguas de Madrid. Por los alrededores, se verá a gente vestida de chulos, chulapas o goyescas (trajes regionales) y alguno que otro se animará a bailar un chotis sobre una baldosa (uno de los pocos bailes en los que la mujer lleva la voz cantante). En la Ermita se forman largas colas para coger agua milagrosa y el ambiente es único, castizo y familiar, aunque no se descartan los botellones entre los más jóvenes.

El año comienza con la Cabalgata de Reyes, el 5 de enero, que últimamente siempre viene cargada de polémica por la politización del evento, una verdadera lástima ya que es una celebración especialmente indicada para los más jóvenes. La de Madrid suele ser una de las más populares del país y recorre la Castellana hasta Cibeles. En esa época navideña, también es tradición comprar turrones, polvorones y mazapanes en Casa Mira, una confitería del siglo XIX sita en la Carrera de San Jerónimo, donde el producto es siempre nacional, hecho de forma artesanal y con una excelente materia prima. Luego, cómo no, habrá que darse una vuelta por la Plaza Mayor, aunque esté atestada de gente, para comprar figuras del Belén o artículos de broma en su mercado navideño y, si tenemos frío, tomarnos un chocolate bien caliente en San Ginés, 1902 o Valor.

En Semana Santa, la veneración a la imagen de los católicos españoles ha sido y es poco entendida por los turistas de los países de tradición protestante, pero no es tanto la veneración a la imagen en sí, sino a lo que representa (se percibe como un medio para llegar a Dios). En Madrid, las procesiones con mayor devoción son las de Jesús de Medinaceli y Jesús el Pobre, pero hay otras que merecen mención como la del Cristo de los Alabarderos, cuya procesión se reinició en 2003 recuperando una tradición perdida del s. XVII.

El Entierro de la Sardina es otra tradición madrileña que viene del s. XVIII y que fue recuperada por el anticuario Serafín Villén, “el príncipe del Rastro”. Tiene su origen en una burla que hizo el pueblo madrileño al Rey Carlos III y solaza las fiestas del Carnaval que estuvieron en otro tiempo prohibidas. Los entierros tienen lugar los miércoles de ceniza en la ermita de San Antonio de la Florida y La Alegre Cofradía del Entierro de la Sardina hace cada año su recorrido, junto a la Cofradía del Boquerón, que está compuesta exclusivamente por mujeres, haciendo parada en el Ayuntamiento y saludando a la alcaldesa. Luego, marchan a la Plaza Mayor donde comen y, por la tarde, se dirigen a San Antonio de la Florida donde se lleva a cabo el sepelio. Como dicen los cofrades, en esa ceremonia se bebe mucho y bien.

Vamos a terminar este artículo con una celebración que se podría decir que ya se ha hecho tradición en Madrid: el día del Orgullo Gay, sobre todo, desde que en el año 2007 nuestra ciudad fuera designada como capital gay de Europa. Aquel año hubo una asistencia de más de 2.500.000 de personas y en el 2017 fue la Capital Mundial del Orgullo.

Aún quedan muchas tradiciones, festividades y verbenas por comentar como la de la Paloma, la de la Almudena, la de San Cayetano y San Lorenzo… Y costumbres por explicar como la de comer cocido, caracoles o tapas a horas tan intempestivas para algunos turistas como son las tres de la tarde. Pero todo esto será en otro artículo.

 

SORPRESAS TE DA LA VIDA, SORPRESAS TE DA MADRID.

 

Todos conocemos las principales calles de Madrid: La Castellana, Alcalá, la Gran Vía… Son arterias imprescindibles y turísticas en las que se alberga gran parte de la historia y del presente de nuestra capital. Sin embargo, yo siempre he sido más de las intrahistorias: de esos acontecimientos cotidianos que pasan desapercibidos en las callejuelas poco transitadas, en las plazas ambientadas por tres o cuatro jubilados o en los rincones donde subsiste, en definitiva, el auténtico Madrid. Bares de siempre donde hay parroquianos perennes, mercados de abastos donde se tiene al pescadero de confianza, personajes de barrio que siempre destacan por su originalidad entre los habituales… Estos son algunos de los ingredientes esenciales que componen la legitimidad castiza.

La calle de Bravo Murillo, por ejemplo, es también una calle importante de Madrid, pero no turística, y recorre dos distritos: el de Chamberí y el de Tetuán. La primera parte es más burguesa, más bonita y más tranquila, y la parte de Tetuán, que empieza en Cuatro Caminos, es más comercial, desordenada y caótica. Yo vivo en esa parte, en la más populosa. Aunque es mi barrio, reconozco que esa zona de Bravo Murillo me aturde y me estresa: demasiada gente, demasiado desorden, demasiado tráfico, demasiado comercio y un caos excesivo para mi talante melancólico y tranquilo. No obstante, hay lugares que me encantan a pesar de ser abigarrados y anárquicos como el Mercado de Maravillas.

Donde antes se encontraba el Colegio de Nuestra Señora de las Maravillas, hoy se ubica el mayor mercado de Europa. El proyecto fue encargado al famoso arquitecto Pedro Muguruza y se concluyó en la posguerra inaugurándose en 1942. Son de esos mercados tradicionales de toda la vida en los que también dan cabida a productos extranjeros debido a las necesidades de los recientes vecinos del barrio, sobre todo, latinoamericanos. Variedad, profundidad, buen producto (castizo y extranjero) en un paseo que resulta imprescindible para hacer una buena compra.

Madrid tiene ahora la gran ventaja de ser una ciudad muy segura, así que, aprovechando la situación, debemos caminarla a cualquier hora: muy de mañana, por la tarde o de madrugada y por cualquier barrio: Malasaña, Chueca, Lavapiés, Chamberí, Tetuán… No excluyamos distritos, no nos centremos en lo turístico. Si ya conocemos lo básico, paseemos sin rumbo, perdámonos y Madrid nos sorprenderá: quizá nos encontremos con un parque de almendros en flor (La Quinta de los Molinos), con una estatua que homenajea a una abuela roquera, con un jardín romántico donde podamos tomar un té como si fuéramos Lord Byron o con el restaurante más antiguo del mundo.

Sorpresas te da la vida, sorpresas te da Madrid.

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